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La maleza de la culpa

Una y otra vez su recuerdo me acompañó con una gran tristeza, incluso varios años después de su muerte. No supe cómo vivir con eso en aquel momento y me costó años dimensionar el impacto que dejó su ausencia en mi vida. A pesar del esfuerzo, ni siquiera recuerdo en qué momento pude hablar de esto en voz alta. Quizás porque la culpa no me lo permitía, quizás porque mi mirada se enfocaba en otros lugares y espacios. 


Lo que sí recuerdo con nitidez, es cuando, trabajando como profe en un colegio en Bogotá, les conté esta historia a mis estudiantes. Mi intención era evitarles el dolor de no actuar a tiempo por un amigo. Les decía que a veces, el reto mayor, está en saber escuchar con el alma, con el corazón, porque en momentos no se pide ayuda con palabras sino con gestos. Al final de la clase un estudiante se levantó y me dio un abrazo en el que por un instante sentí, también la presencia del amigo perdido.

La ironía de la despedida


Me pregunté muchas veces si fui suficiente, si mi compañía fue la mejor. Me costó ponerme en paz conmigo mismo por no haber estado ahí cuando le diagnosticaron cáncer. ¿Para qué entrar en detalles excesivos? Dentro de las ironías que a veces acompañan la vida, la ultima vez que nos encontramos, él llevaba puesto un abrigo negro.  Era medio día, sol ardiente y calor sofocante. Ese abrigo lo cubría casi por completo, disimulando la amputación de uno de sus brazos: el resultado de una metástasis avanzada que primero devoró con hambre parte de sus huesos.


No estar al lado de los amigos que miran de cara a la muerte es quizás de los dolores más devastadores que existen pues vine con una culpa silenciosa y desgarradora. En ese entonces era mejor no ver esa aflicción y mantenerse sedado con distracciones y ocupaciones. Pero si bien la anestesia inhibe el tormento, no significa que la herida deje de existir.


El viaje... y la maleta


En aquel entonces estaba enfocado en mi proyecto de irme de intercambio a Alemania, así que fui alejándome de la amistad. Meses después, ya estudiando en Heidelberg, sentí como me embargaba una profunda desolación. Ahora entiendo que esta no solo venía por vivir en tierras lejanas, sino por una carga difícil de identificar pero que ya llevaba en la maleta.


Fue difícil darme cuenta del impacto que dejó su ausencia en mi vida, hasta que miré fijamente a los ojos de la culpa. Me hizo entender que el alejamiento de otras personas fue otra manera de no sentirme digno de merecer; que fue el precio que inconscientemente quise pagar por no haberme perdonado mi actuar.


¿Y el tiempo cura?


El tiempo me trajo distancia, pero no fue lo que sanó. En una ocasión pude sentirlo cerca nuevamente; pude conectar con la alegría que le caracterizaba, con su sonrisa, su fuerza, sus ganas de vivir. Pude verlo. Solo quien ha experimentado la fuerza y dimensión de las Constelaciones Familiares, logra entenderlas desde el corazón.  


Consideramos por momentos, que soltando el dolor también dejamos a esa persona atrás, en el olvido. Pero nada más alejado de la realidad. Justamente cuando le miramos con cariño y gratitud, se restablece el afecto olvidado o marchitado por la maleza de la culpa.


En tu honor


Por regla general, los que ya partieron quieren que sigamos en esta vida con la frente en alto y el corazón limpio. Hoy lo llevo presente haciendo, en honor a él, lo mejor que puedo con mi vida y entregando lo mejor de mí a quienes lo merecen. 


Y así, aparece la reconciliación con la Vida. 


También en honor a ti Nico, hago lo mejor que puedo con mi vida.



 
 
 

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